Para poder ayudar a un escolar en sus primeros años no es conveniente que estés con él haciendo la tarea, pero si es necesario que lo dirijas y orientes en sus deberes. Estos primeros años en el colegio serán la base para que adquieran buenos hábitos de estudio y puedan aprovechar al máximo sus capacidades.
•El niño debe contar con un horario fijo para hacer sus quehaceres escolares, este horario debe ser respetado tanto por el niño que tendrá que hacer sus tareas, como por las demás personas que estén en casa para tratar de no hacer alboroto en dicho horario. Los tiempos de estudio para los niños dependen de la edad:
* Niños de 1 a 2 años: 15 minutos diarios.
* Preescolares de 3 a 6 años: 45 minutos diarios.
* Escolares de 6 a 12 años: 1 a dos horas diarias.
•Cuando el niño vuelva del colegio se le debe preguntar si tiene tareas; en caso de tenerlas, luego de almorzar y descansar un poco deberá comenzar a hacerlas. Si no tuviera tareas entonces deberá estudiar o repasar las lecciones.
•El elogio debe ser dado cuando el niño haya conseguido algún objetivo por sí mismo, terminar la tarea correctamente, haber sacado buenas calificaciones, etc., unas palabras de aliento y un buen abrazo son muy valoradas por el pequeño.
•Por el contrario, cuando el niño haga algo mal o se equivoque, no lo reprendas ni lo humilles, esta actitud solo pone nervioso al niño, le disminuye su autoestima, le genera rechazo al estudio; y de ser en exceso puede generar en el niño un sentimiento de inutilidad.
•Si el niño no sabe cómo hacer la tarea, no se le debe decir cómo hacerla, sino darle alternativas y consejos con el fin de guiarlo para que él mismo logre resolver su problema. Si fuera necesario, dale algunos ejemplos de cómo resolver los problemas y cerciórate que el niño entienda bien las direcciones de la tarea, pero los problemas y tareas del colegio deben ser resueltas por él mismo.
•Si el niño obtiene bajas calificaciones a pesar de haber estudiado y esforzarse, quiere decir que realmente no está comprendiendo lo que estudia o que probablemente está memorizando todo, por eso cuando tiene que responder a un examen donde todo será diferente, fracasa.
•Los padres deben cerciorarse que el niño está comprendiendo lo que estudia. En el caso de matemáticas, el niño debe saber por qué debe hacer tal o cual paso, y no memorizar la resolución de un ejercicio tipo. Para cursos de historia, resulta muy bien explicarles la historia a manera de cuento, añadiendo algunos detalles divertidos para ayudar al niño a seguir la historia y no terminar aburriéndose. Hay temas que requieren de memoria y si el niño no le es fácil, relacionar las cosas a memorizar con cosas conocidas resulta muy práctico. Lamentablemente para la tabla de multiplicar no queda otra cosa que “cantarla” y memorizarla.
•Mantén contacto frecuente con los profesores del niño, para tener bien claro cuál es el objetivo del curso, saber cómo se está desenvolviendo, en qué materias lo pueden ayudar y cómo. En caso que el niño presentar problemas con alguna materia, es importante que profesor y padres coordinen para apoyar al niño para que él mismo pueda superar sus deficiencias.
Cuando se pregunta a las madres y a los padres sobre qué necesitan para resolver las dificultades que viven con los hijos responden prioritariamente: tener más tiempo, paciencia, orientación y formación.
La paciencia parece una cualidad fundamental para todas las personas con responsabilidades educativas. Se suele definir como la capacidad de saber esperar sin alterarse. La prisa, querer hacer muchas actividades, la competitividad, la intolerancia o pretender que los hijos se adecúen a nuestro modelo, suelen activar la impaciencia y el estrés.
Tener una actitud paciente no está en contradicción con poner límites adecuados, ni tampoco hay que identificarla con inactividad o pasotismo. Conviene no confundirla con “aguantar”, pues cuando aguantamos sucede que no aceptarnos determinadas conductas de los hijos e hijas y nos vamos “cargando” hasta que “explotamos” y acabamos en drama.
Para no impacientarse es primordial que los padres comprendamos que, aunque los hijos vienen a través de nosotros, ellos necesitan hacer su propio proceso; son criaturas con intereses, ritmos, capacidades diferentes... A veces podemos comprobar que los problemas no están en los niños sino en los padres que volcamos en ellos las propias insatisfacciones, miedos o frustraciones. Se requiere aceptar y querer a los hijos, cuidarles, orientarles y permitir que hagan su camino sin interferirles, salvo que detectemos riesgos.
Además va bien plantearse que los errores de los hijos -que tanto nos exasperan-, son ingredientes de su aprendizaje; hacen ensayos, “se equivocan” y con ello encuentran las formas más óptimas de resolver las cuestiones. Por último, para ganar en tranquilidad son recomendables: ejercicios de respiración, relajación, visualizaciones o recibir masajes.





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